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domingo, 29 de marzo de 2009

Freud, de vacaciones en el mar

He soñado que el mar tomaba Madrid. Yo había estado tanto tiempo fuera que ya no había obras, y alguien me llevaba en coche y me contaba que iba a ver el mar. "¿El mar llega ya a Madrid?", me extrañaba yo. "¿Y qué pasa con Cuenca y con Valencia?". Me daban algún tipo de explicación convincente que hablaba de un embalse de agua marina y cuando me quería dar cuenta allí estaba, el mar, tras una curva de la M-30. También llegaba a mi casa, y se posaba debajo de mi ventana, podía tocar el agua con sólo estirar los dedos.

No sé qué querrá decir, pero no es la primera vez que lo sueño.

domingo, 13 de julio de 2008

Sensación de consumir

Mira esta imagen sin parpadear durante treinta segundos. Después, mira una pared blanca y verás en ella a Esperanza Aguirre en el próximo capítulo de Sensación de Vivir, haciendo de mala malísima mala. Gracias, ahora puedes seguir leyendo.

"Combatir la inflación es política social. Y profundizar en las medidas liberalizadoras que vayan a reducir la inflación es trabajar en política social. Y si además generamos empleo, que es la mayor política social, se puede concluir con que liberalizar es la mayor política social."

El que hablaba era el señor Antonio Beteta, portavoz del PP en la Asamblea de Madrid. Sí, lo habéis adivinado: siempre aprobaba la Lógica. Al escucharlo esta mañana no he podido evitar acordarme de Homer Simpson y sus increíbles partos filosóficos, y por supuesto de esa retahíla que casi todo el mundo se aprende cuando entra en la adolescencia:

A quien madruga Dios le ayuda.
Quien madruga duerme por la tarde.
Quien duerme por tarde no duerme por la noche.
Quien no duerme en la noche sale de juerga.
Conclusión: Dios ayuda a los que salen de juerga.

[Esta consumista compulsiva quiere dejar claro que boicoteará la liberalización de horarios comerciales de Esperanza Aguirre consumiendo compulsivamente sólo en horas decentes]

lunes, 23 de junio de 2008

Nightline

Otro verano más en la ciudad. Habrá que dormir en los tejados, con un ojo abierto y otro cerrado.

viernes, 13 de junio de 2008

Espe's Paradise

¡GUAU! ¡Qué malota es! ¡Si hasta come chicle!

Tampoco quiero que parezca que esta mujer me obsesiona, pero es que...

Los que queráis ver el vídeo original de lo que pasó en el Hospital Ramón y Cajal esta semana, haced clic aquí. En fin, más allá de lo graciosa que Espe pueda resultar -voluntaria o involuntariamente- quiero darle una vertiente medio seria a esta entrada y dedicársela a todos los trabajadores de los centros médicos y educativos públicos de la Comunidad de Madrid. No me voy a poner mitinera, me imagino que casi todos entendéis de qué hablo.

Y también se la dedico a Miguel, que sé cómo le joden estas cosas (inclúyase en cosas a Esperanza Aguirre).

PD= Le recomiendo a la señora Aguirre que se alquile Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier. Ya, ya sé que no va a servir de nada. Pero como no entenderá ni pija se aburrirá y se fastidiará un ratito.

Qué pasa, he decidido no utilizar más el fuego como venganza y me estoy intentando reinsertar en la sociedad.

martes, 29 de abril de 2008

Loros viudos


Retrato robot de la sospechosa



A las 11 de la mañana de un martes algunos autobuses están vacíos. Así que aquella mujer disecada con moño disponía de muchos asientos libres. Prefirió, por comodidad, capricho o quién sabe qué, sentarse en uno de esos plegables que algunos autobuses de Madrid tienen frente a las puertas de salida, junto a los cuales un cartel informa de que deberán dejarse libres en caso de que el autobús esté demasiado lleno o de que algún viajero con necesidades especiales tenga que ocupar ese hueco. Viajeros con necesidades especiales, como todos sabréis, son personas en silla de ruedas, con muletas o madres/padres con coches de niños.

Casi detrás de la señora rellena de paja de la que hablo entró una chica negra con un bebé en su carrito. "Perdón", le dijo educadamente a la señora mientras trataba a duras penas de encajar el carrito en el hueco que ésta había dejado libre. La señora empezó a farfullar y a revolverse en el asiento. La verdad es que es gracioso ver que alguien se siente tan claustrofóbico en un autobús vacío sólo porque una negra se le sienta al lado. La chica se sentó como pudo ignorando la cara de asco de Doña Pajiza, y su niño, ausente de cualquier mal rollo, empezó a jugar con el pañuelo de la bruja de este cuento. "Es que se apoderan de todo", gritó la señora Indignación mientras se levantaba desesperada para, oh pobrecita, sentarse en otro de los ventitantos asientos libres.

Me dio muchísimo asco cuando nos sonrío a los pocos españoles que viajábamos en aquella línea, con gesto de "Vosotros me comprendéis, ¿verdad?". Por suerte, nadie le devolvió la sonrisa.

Pues no, señora, espero no llegar a comprenderla en la vida.

sábado, 26 de abril de 2008

Una de detectives



Lo siento, pero como no me des más pistas...

jueves, 14 de febrero de 2008

El abominable hombre de las flores



La historia que viene a continuación está basada en hechos reales, así que cualquier parecido con la ficción es pura realidad.

Cuando yo tenía seis años, no recuerdo por qué motivo, mis tíos de Barcelona me enviaron un ramo de flores. Que sea incapaz de recordar por qué me las mandaban no es más que una muestra de que quedé traumatizada por lo que sucedió después.

Mi madre solía bajar al mercado que había enfrente de mi casa de entonces, y yo me quedaba sola. Para evitarse disgustos derivados de la inocencia-imprudencia por la que se dejan llevar los niños sin adultos delante, mi madre invirtió gustosa muchas horas en adoctrinarme en el terror:
- Si se te acerca un señor raro, tú grita, cariño, grita muy fuerte.
- Sí, mamá
- Pero, a ver, ¿tú sabes gritar? Grita, que yo te oiga
- ...
- Venga, cielo, grita
- ...socorro

(De pequeña yo no lloraba ni gritaba. Algo en mi interior me decía que los verdaderos motivos para hacerlo aparecerían con el paso de los años, cuando menos gente llora en público).

El caso es que una de las lecciones del Curso de Introducción al Terror Infantil Urbano consistió en No Abras la Puerta Cuando Estés Sola. Lección, por otra parte, totalmente lógica y razonable en una niña de seis años, pero algo estresante en aquella España, que era la de Nieves Herrero y las niñas de Alcásser. Y mi familia siempre ha estado muy mediatizada.

Al grano, que aquella mañana en la que el floristero de mi barrio decidió acercarnos las flores que Interflora le remitía desde Barcelona yo estaba sola en casa. Haciendo a saber qué, oyendo Aretha Franklin, dibujando gente con la cara alargada o mirando hormigueros en la terraza. Yo que sé, cualquiera de mis ocupaciones habituales en la infancia. Total, que el tipo accedió no sé cómo al portal de la vivienda (parezco una reportera de Gente) y llegó a la puerta de mi casa. Llamó primero al estilo humano, pulsando el timbre en una sucesión cada vez más breve e insistente. Yo intenté mantener la calma en mis seis años y no darle importancia.

Pero el señor se ofuscó, vaya usted a saber por qué, y comenzó a aporrear la puerta con lo que debía de ser un puño de medio metro de grosor. "¡ABRAN, ABRAN!", gritaba el condenado. Yo me acerqué lentamente a la puerta por el pasillo -recuerdo esta escena a cámara lenta, como una peli de terror de los 70- y pude ver, y no exagero, como la puerta temblaba de los golpes que el Yeti ése le estaba dando. Y en ese momento olvidé todos mis buenos propósitos de dejar de ser la niña cobarde de siempre y corrí a esconderme en la ducha. Que por qué este refugio tan absurdo: pues ni puta idea. Seguro que muchos de vosotros os tapáis con la sábana cuando tenéis miedo; pues, creedme, eso tampoco es garantía de nada.

Allí, en la ducha, seguí mucho tiempo después de que el energúmeno se largase con sus flores (aunque se las debió de comer en una ensalada por el camino) hasta que mi madre volvió de la compra. Y al enterarse y verme allí, con esos ojos redondos de terror y los pies mojados, se echó a reír. Al día siguiente se acercó a Flores Yeti para recoger el ramo, y cuando el tipo le preguntó, con toda la ironía que un yeti puede demostrar, que cómo sabía que había ido a traérnoslas si no había "nadie" en casa, mi madre le respondió con mucha dulzura:
- Es que nuestra vecina, que es una señora muy mayor, se asustó mucho por los golpes

Me he acordado de esto porque hace un momento estaban llamando al timbre y, evidentemente, no pienso abrir. Tampoco hace falta decir que hay una floristería en mi barrio que nunca piso, y mira que me gustan.

martes, 1 de enero de 2008

El mar



Como un verano sin mar
destrozaba el sol a golpes
el asfalto de una ciudad entera
Era yo, en el infierno de mi espera
disecando ramos de flores


Era yo, sola o acompañada
Y no me servía de nada
tener todo el tiempo de julio,
tener todo el julio del mundo

Era yo,
como la Luna sin mundo
Enfrascada en el estudio
del verano de mi amor


Yo lloraba en silencio
por tus amantes rechazadas
Así llora el mar de lejos,
por las calles rezagadas...


Donde se para la vida.


(Era yo, de noche o de día;
cerraba los ojos
y volaba sobre las vías)


Como un verano sin rumbo
saltaba mi amor los tendidos
Y yo me fumaba tu sombra
con el estómago vacío


Era yo
Lo pienso y cojo velocidad
Algunos de esos trenes ya no se pueden parar



(Que tengáis un felicísimo 2008. Y que sólo se cumplan vuestros deseos realmente deseados. Sé que es un pensamiento algo complicado, pero lo entenderéis cuando seáis mayores y os volváis locos.)

lunes, 13 de agosto de 2007

Las pelirrojas traen mala suerte

Era un invierno con abrigo de paño
y las manos en los bolsillos
Era invierno en mis pies
y los metía en tus zapatos
Podía quedarme dormida
viendo la lluvia en el patio

Así que era un invierno inundado
y nosotros nos queríamos
Nos mirábamos en los charcos
como patos mareados
Y descubríamos nuestro reflejo
en las pupilas del amado

Era también invierno en el café posado
Yo esperaba paciente
que me dieses el primer trago
Quería beberlo de tu boca,
que lo calentases en tus manos
Quería vivir por siempre
refugiada en tus zapatos

Era invierno
Madrid aún me dejaba ser feliz
y ocultaba su melena roja
bajo aquella tonta boina gris
Todavía no jugaba contigo a ponerme celosa
Aún no te mandaba ramos de flores rojas

Se acabó el día que os vi paseando a solas
La boina estaba en el suelo, entre pétalos de rosas

Tu invierno siempre enfriaba
mis instintos asesinos
pero ya no me divierto
si no es aplastando grillos,
si no arranco la hierba,
si no asusto a algún niño

Porque invierno no era
y no es más que contigo
Y ahora el resto del año
me parece una farsa
Me escribiste en un libro
y me convertiste en fantasma



©2005-2007 ~Nymphadora79

lunes, 9 de julio de 2007

Te estaré mirando desde fuera


Hoy he caminado por tu barrio
sin pisar las aceras,
por el centro de la calzada,
esperaba que me vieras;
línea recta hacia el tráfico,
melosa suicida
pintando las líneas de la carretera.

Te busqué en tu ventana,
ya me han dicho que no estás,
que ahora te diviertes con otros;
no sé si nuevos o mejores,
no sé si te quieren o no;
sólo sé que no son como yo.

Mentiría si dijera que no te echo de menos
Mentiría si no buscara tu espalda en mi espejo
Pero se me escapa la risa.
Es que eres gracioso:
las manos en los bolsillos,
los ojos en el vacío
"Psss,
yo a ésa ni la conozco"
Reconócelo,
es divertido

Unos se dan a la coca,
otros se dan a la tragedia;
a lo mejor tú te has dado al pesimismo,
pero yo sigo quemando la esperanza.
La mía, la tuya, la nuestra.

Y no barro las cenizas.

No lo olvides, seré siempre el bastón de tus recuerdos. Te estoy mirando desde fuera.

miércoles, 27 de junio de 2007

El equilibrio



El loco llegó a la parada de autobús y se puso a la cola, como uno más. La clásica uniformidad de las 9 de la mañana, que sólo fue capaz de mantener unos segundos. Enseguida empezó a resoplar, a subirse la camiseta y a enseñar su barriga peluda y caída a todos los integrantes de la fila. Las señoras que lo seguían en la cola se alejaron sin disimulo alguno y con cara de asco. El autobús apareció tarde, como siempre, y las hormiguitas se dispusieron en procesión tensa y ordenada mientras se acercaban a la puerta. Cuando ésta se abrió, el loco se llevó las manos a la cabeza en medio de un aspaviento muy brusco y gritó:
- ¡Ay, no, éste no me lleva!
Salió corriendo de la fila, empujando a varias de las señoras que antes se habían apartado de él.


El conductor, que escuchaba en la radio éxitos electrónicos y horteras a partes iguales, esperó a arrancar hasta la hora de salida del siguiente autobús, para redondear más aún el significado de la palabra tarde y, tras un par de miradas macarras al pasaje, cerró las puertas. Justo en el momento en el que el aire casi dejaba de circular entre ellas, el loco volvió a aparecer de la nada y se estampó contra el cristal. El conductor abrió la puerta con la boca torcida al herido, como una especie de indulto divino. El loco introdujo cuatro veces seguidas su billete en la expendedora con el mismo resultado: un pitido de desaprobación. El conductor le pidió examinarlo y lo observó con gesto de experto durante medio minuto para arrojar una conclusión casi científica:
- Esto está caducado.


Pese a todo, se sacó otro indulto de la manga y permitió que el loco se sentase en uno de los primeros asientos, mientras el autobús se dirigía hacia la carretera. El loco permaneció todo el viaje revolviéndose en su sitio, mordiéndose las uñas, metiéndose la mano por debajo de los pantalones sin ningún tipo de reparo y gimoteando con una voz muy grave, parecida a la de una vaca. A mitad de trayecto, una chica se sentó a su lado e intentó, a duras penas, mantener la atención en el libro que leía. Cuando el autobús hizo su primera parada en la urbanización, el loco pegó un grito -casi de dolor- al cerrarse las puertas:
- ¡Esta era la mía!
Se levantó como un huracán para dirigirse a la puerta de salida. Su compañera de asiento resistió el envite agarrándose al libro como a un salvavidas. En la siguiente parada el loco se bajó y echó a andar, moviendo los hombros como si los recorrieran escalofríos y haciendo pedorretas con la boca. El conductor detuvo el autobús unos instantes, mientras lo seguía con la mirada.
- Era un poco raro, ¿no?- le dijo a la chica del libro.
Ella se encogió de hombros.


Todos somos un equilibrio misterioso, normalmente aleatorio, de risa, sexo, llanto, placer, dolor, dulzura y maldad. Nadie sabe quién ha moldeado sus piezas del puzzle y simplemente confía en que encajen, pero a veces el cartón se hincha o se rompe, y la simetría desaparece. Lo que llamamos locura no es más que el equilibrio que los demás conservamos -puramente por azar- volcado y esparcido sobre un inmenso tablero de parchís. De niños jugamos al parchís y al puzzle en las tardes de los domingos lluviosos, y de adultos saltamos en ese tablero, pasando de puntillas junto a los charcos donde se derramó el equilibrio de los demás para no salpicarnos, porque el cartón de los puzzles se deforma con la humedad.
[Este texto pertenece a Manuela Astasio y, como tal, ha sido citado en su proyecto final de carrera, La Cura]

Fotografía: Bus, No lies

martes, 19 de junio de 2007

La periferia es otra ciudad





En los ojos,
mil historias encendidas de descampados de Madrid,
llenas de atardeceres en un coche,
de ver la ciudad desde fuera,
y volver a casa cuando ya se ha ido el Sol;
entrar deprisa en su cuarto,
guardar en el armario su olor
-el de él y el de ella-
su madre la saluda, pero ella ya ha cerrado la puerta.


Y volver mañana, y al día siguiente:
el Sol nunca se pone igual
sobre las antenas.
Aunque la magia se evapore con los días,
aún busca la niña que fue
entre las líneas de la carretera

Y la vida así es una continua periferia,
de trenes y autobuses que parten de las afueras,
que las bordean;
de nunca alcanzar el centro de la ciudad,
ni el centro mismo de las cosas;
sólo dar vueltas y vueltas
por mil descampados que atardecen al son de los años.
Vueltas y vueltas
por la periferia.

“Cuando ya está todo dicho,
¿dónde me llevo las maletas?”
Con la música a otra parte,
que si no, eres mujer muerta.
Las flores crecen solas y sordas
–ten cuidado, no las pises-
aquí, en los descampados de la periferia.




Fotografía: Today in Ankara City, Salihguler




miércoles, 13 de junio de 2007

Algunos "te quiero" son como un conjuro


La ciudad me atrapa hoy de nuevo en sus laberintos, como un amante que sólo sabe darse en la cama; y sé que -puede que cuando más la necesite- volverá a dejarme tirada, . Pero me basta con abrir la ventana en noches como ésta y sentir el aliento del verano que se acerca. Eso me basta para salir corriendo de la ducha, con el cigarro aún mojado entre los labios; y recorrer las calles sedienta, mientras alguien me roba la sombra y la esconde en una papelera.

Madrid, quedamos mañana donde siempre, en ese árbol de la plaza. Yo te miro y tú me enganchas…

sábado, 2 de junio de 2007

A una chica desnuda

Entré en el vagón, me senté y mis ojos cayeron de bruces sobre ella.

El destino, al sentarme frente a ella, me enseñó a quererla. Tenía una espiral dibujada en el centro de los labios y los ojos perdidos, tumbados quietos bajo las cejas, que de vez en cuando eran sacudidas por una ola suave, de ésas que balancean los barcos en las bahías. La empecé a mirar a escondidas, después con algo más de descaro y, en las últimas estaciones, sin el más mínimo respeto, dejando caer mi periódico sobre las piernas, a la espera de que reparase en mi presencia desde allá donde quiera que estuviese. Todo el vagón me miraba mirarla, en un juego de voyeurs que me complacía y me hacía sentir mal a partes iguales.

Ese espacio compartido por nosotros dos me enseñó a quererla, como digo: descubrí sus lunares; las esquinas de su pecho, que dice Ferreiro; el compás de sus respiraciones; la v que juntaba sus muslos; adiviné sus pantorillas tras la falda y juraría que un dedo se movió debajo de sus playeras. Yo seguía esperando a que me devolviese la mirada desde su espejo girado, pero llegué a mi parada y las puertas se abrieron.

La dejé desnuda sobre mi cama y me bajé del tren colorado como un tomate.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Siempre nos quedará Madrid

Había pasado mucho tiempo, quizá una década, desde la última vez. Se había enfriado el amor y también el desamor, y consiguieron que aquel encuentro funcionase de forma cordial, casi como entre dos compañeros de oficina que coinciden en la playa durante las vacaciones. Ella lucía un embarazo avanzado de padre huido y él, gesto de escéptico satisfecho de su condición. Se pararon en un semáforo del centro.

- Madre mía, no esperaba verte así.

Era verano y ella, enfundada en un vestido que la hacía parecer aún más preñada, lamía un helado con verdadera devoción.

- ¿Pero es que esperabas verme?

Allí siguieron, sorprendiéndose mutuamente durante cinco minutos. Tras descubrir que caminaban en la misma dirección, avanzaron juntos algunos metros de la acera, hablando de terceras personas y asuntos tangentes a ellos, hasta que se produjo otro encuentro. Una amiga de ella, a la que no veía desde que terminaron la escuela, se dio de bruces con los dos. Se abrazaron, rieron nerviosas, se pusieron coloradas; se dijeron más cosas con los ojos que con la boca, y dejaron demasiadas frases sin acabar. La amiga se marchó con prisa, como siempre, y la extraña pareja siguió paseando hasta que sus direcciones dejaron de ser compatibles. Quedaron en llamarse sin darse los teléfonos y se mostraron contentos de haberse visto. Lo último sí era verdad. Aquella misma tarde, la amiga llamó a otras conocidas para comunicarles la feliz noticia: había visto a A y B juntos por la calle y estaban esperando un hijo.

Felices desencuentros.

Aquel camino

Eras capaz de encerrar en una sola frase, incluso en la más vacía y plana, todo el misterio del mundo. Caminabas entre la basura, con los ojos algo entornados, oteando un horizonte imaginario entre los sucios ladrillos. Yo los perseguía -perseguía a tus ojos- como si fuesen gorriones, hasta que los veía detenerse en la barandilla de algún balcón. "Mira, ahí vivía yo antes", decías señalando una casa que, con el simple impulso de tu dedo, se volvía encantada. Me quedaba atribulada, como si aquello fuera un potente enigma, como si en vez de palabras fueran pirámides egipcias. Y ya invertía el resto de la tarde en perderme por sus laberintos.



Créeme, hubo días en los que te habría seguido hasta el fin del mundo.