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domingo, 4 de noviembre de 2007

Ninguna Parte


©2007 ~GalenJosephThoreau


"Me gusta ir en bicicleta hasta la frontera y contemplar América. Me gusta ir en bicicleta hasta los pasos a nivel en medio de campos vacíos y ver graffitis que pasan volando a ciento veinte kilómetros por hora. Es la mejor manera de mirar arte, sin duda. Doy gracias en silencio a esos tíos privados del derecho a voto que desde Detroit o St. Louis ponen un poco de color en mi vida. Más de una vez he querido enviarles un mensaje.

Un saludo de Nomi, desde Ninguna Parte.

Pero el tren no se detiene aquí y no tengo pintura en aerosol.

Por la noche me gusta ir a Purple City. Purple City es cuando se puede mirar durante exactamente sesenta segundos la gigantesca luz enjaulada delante de la oficina de correos y después ver encencidas todas las luces de las casas, y todas y cada una de esas luces son de color púrpura. Nadie lo sabe excepto Lids y yo. Somos las dos únicas residentes de Purple City."

Complicada bondad. Myriam TOEWS

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Raquel está enfadada


©2006-2007 ~FoggyBlue


El autobús de las 14:15 viene lleno de niñatos de uniforme. La paz de julio y agosto se evaporó con la vuelta al cole. Todos acaban de salir de clase, y sus estómagos rugen de hambre. Los hay altísimos, los hay que aún no han dado el estirón, planas, pechugonas, coletas, trenzas, crestas; polo blanco y pantalón azul marino, ellas con falda y calcetines. Detrás de mí hay tres chavales de 13 ó 14 años que varían de la barba al tamaño llavero y se revuelven como macacos en el asiento cada vez que sube una chica guapa.
- ¡Bufff! - grita el más bajito
- Venga, que tampoco es para tanto - le apacigua el de la barba
- Me dirás que no...


Delante, sola y taciturna, viaja otra chica de uniforme. Quizás vaya a su mismo curso, quizás sea de su edad, pero parece más mayor que los macacos. Y no sólo porque va callada y tranquila: es algo que transpira a través de sus poros, una especie de conciencia trágica. Lleva el pelo corto y las piernas largas, de una medida inusual en su edad, y se recuesta sobre la ventana con el ceño fruncido y el puño bajo la barbilla. Da la impresión de estar a kilómetros de nosotros.
- ¡Raquel, Raquel! - grita uno de los macacos. Todos se revuelven nerviosos y rientes - ¡Raquel, que dice "éste" que te vengas a sentar con nosotros!
Raquel se gira y los mira sin decir nada, con ojos de oficinista. Los macacos se quedan helados. Tardan unos minutos en recuperar las risotadas.

Raquel está en esa edad en la que estás enfadada pero no eres capaz de identificar el motivo exacto: la lana del uniforme, los tirones en el pelo, el traqueteo del autobús, el final del verano... puede ser una mezcla de todo lo anterior o algo radicalmente distinto. Da igual; si le preguntan, responderá con un bufido. Su pie se balancea, indiferente, al ritmo de la carretera.


El autobús entra en otro barrio y se detiene junto a una boca de metro. Los tres macacos se despiden de Raquel antes de bajar, casi sin mirarla:
- Hasta luego...
- ¿Qué queríais antes? - pregunta ella
Ellos ya han salido y corren hacia su portal.
- ¡Eh, vosotros! ¡Que qué queríais! - insiste Raquel mientras se cierran las puertas


Cuando llegamos a la última parada, dejo pasar a Raquel para que salga la primera. Bastante enfadada está ya, no quiero hacerle esperar. Veo que tiene los gemelos anchos. Cruza en rojo, ignorando el bramido de los motores, y echa a correr hacia la estación de tren. Todavía le queda rato para llegar a casa.


Pasará tiempo hasta que algún chico invite a Raquel a salir. Da miedo, aún está demasiado enfadada: no quería crecer.

lunes, 17 de septiembre de 2007

La flor entre la dinamita (mi Patricia Hearst)

Saltaba a la vista que no era de aquí. Sus ojos eran de un color imposible, extranjero: así lo miraba todo, como un espectáculo. Contemplaba al país que se despertaba gris y de uniforme y se acostaba con los ojos pintados mientras todas las hormiguitas de aquí corríamos entre sus pestañas repartiendo pasquines, programando protestas, conspirando contra el poder... Nos sentíamos escalofrío en la espina dorsal de esta ciudad de provincias que, de noche, era nuestra. Ella nos observaba divertida, como una niña que vigila a los insectos de su jardín.

Verla correr delante de los botes de humo silenciaba los ruidos de los porrazos y las pisadas, como fotogramas a cámara lenta; la escena adquiría así la delicadeza de un ballet ruso. Y, cuando me agarraba de la mano y gritaba "Vamos", sorbiendo la v como el último tiro de un cigarro, la música de la orquesta me ensordecía y no podía sino seguirla en su danza. Los cascos, las viseras transparentes, las botas con la puntera reforzada: todo aquello describía trayectorias que nos hacían cosquillas en la nuca y que nosotros creíamos saber esquivar; sin embargo, que no nos alcanzasen no era más que otro de los malvados planes del destino. No me sentía amenazado, no comprendía la angustia de mamá y papá cuando entraba por fin en casa, jadeando pero feliz, y los encontraba frente al telediario: los rostros también teñidos de estupor y de blanco y negro. Ahora sí lo entiendo: esa angustia se anuda a mi garganta cada vez que lo recuerdo todo. Dulce pájaro idiota de juventud, supongo.

Los malvados planes del destino la sentaron una mañana junto a mí en la cafetería de la Facultad; minutos antes, seguramente ante el espejo de su casa o la de uno de sus barbudos amantes, la habían peinado con electricidad estática. La combinación entre aquellas corrientes eléctricas y la lluvia que inundaba el día hicieron el resto de mi locura. Desde el principio, me habló en segunda del plural: "Tenemos que", "Luchamos por"; y el síndrome de Estocolmo me arrojó rápido a los pies de aquella Patricia Hearst. Intuía que había mucho dinero en su familia, nunca supe cuánto; ella vino a España huyendo de todo o de la nada y rehusaba hablar del tema.

Se acostó con todos mis amigos antes que conmigo, y después de acostarse conmigo siguió acostándose con todos mis amigos. Pero cuando Patricia Hearst hacía su aparición en aquellos ojos extranjeros y aquellos labios maldecidores y judeomasónicos se me olvidaba todo: incluso el dinero que mamá me había metido en el bolsillo del pantalón para desayunar y que ella ya había cogido "prestado", no sin después deslizar su índice por mi bragueta en señal de agradecimiento. Yo ya me daba por pagado. Después, cuando Hearst se iba y dejaba a la niña abrazada a su almohada, jamás encontraba un motivo que me impidiese abrazarla y escuchar sus dudas, expresadas en confuso español de lengua de trapo, de muñeca de trapo. Y yo me reclinaba sobre ella y la lamía, como hacen las gatas con sus cachorros, buscando las heridas transparentes.

Mi Patricia Hearst se cansaba de todo: la carrera, Dylan, Cohen, Kerouac, Marx, Trotsky... el mundo se extinguía bajo sus pies ansiosos y yo, iluso de mí, pensaba que era el único que conseguía no hartarla. Por eso, pensé, me confió su misión secreta, el sino entre sus sís y sus noes: la libertad del pueblo oprimido, el erotismo de lo paramilitar, las selvas del norte de España y todo lo que aparecía en las novelas de Hemingway. Desde que pronunció aquello de la lucha armada, el señorito que mis padres educaron en aquel colegio de curas se abrió paso en mí y dejé de escuchar. Sólo se me venían de vez en cuando como olas resacosas algunos de los nombres de sus camaradas: todos me sonaban a varones toscos y nobles, valientes; eran hachazos en mi tronco. Hasta ella, que era tan dispersa y tan cósmica, supo abstraerse de su galaxia y advertir que yo no estaba de acuerdo; y no sólo eso: que, en aquel momento, la desaprobaba profundamente.

Llámese celos o envidia, llámese conformismo o comodidad, yo veía ya encauzadas mis aspiraciones y no quería volver a correr delante o detrás de nada, prefería sentarme a contemplar cómo la Historia transcurría, sin necesidad de intervenir más en ella; una manifestación al año, en todo caso, y pronunciarme en las urnas. Tras tantos cambios, había sueños que me sonaban a chiste. Ella se enfrío -le decepcioné profundamente- y se marchó al Norte en busca de los hombres de Hemingway y del pueblo sincero y unido del que hablan todas las mentiras, sean en el idioma en que sean. Volvió a Madrid en contadas ocasiones: cada vez que la democracia amenazaba con tropezar, allí estaba ella, mi bella paramilitar fichada, dando la cara y arriesgándose a que la policía la detuviese en cualquier manifestación lluviosa. Llegaban a mí los rumores de su paso por la ciudad, en boca de amigos que no sabían callarse ni en presencia de Mariluz, mi novia; e, interiormente, yo me sentía homenajeado por aquella ceremonia que ella repetía, como una flor en medio de tanta dinamita. Un día, no sé cuándo fue, se esfumaron los motivos por los que antes salíamos a la calle, y seguramente ella emigró a otro país donde aún quedase mucho (visible) por lo que pelear.

Hoy, azotado por el insomnio, la vi de nuevo en un reportaje sobre la transición que la televisión emitía de madrugada: rostro grave y enlutado, capucha negra, gafas ahumadas, un ramo de claveles rojos y el puño izquierdo alzado; mi Patricia Hearst llorando por los abogados de Atocha. Y me he sentido como si asistiera a mi propio entierro.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Ida y vuelta


©2006-2007 ~ElectronCloud

Algún día será verano,
algún día hará veinte años
y aún quemaré tus rastrojos
Algún día saldré a buscarte
y me caerá, cano,
el pelo sobre los hombros

Me alistaré en la guerra,
en el bando de tus ojos
¿Crees que seré la primera?
Algún día saldré a buscarte
y la ciudad estará llena de escombros

Algún día saldré a esperarte
a la esquina de esta calle
y se cruzarán mis dos espectros:
el de la ida y el del regreso.
Pelo cano y pelo negro

Y me caerá, como un manto,
la ciudad sobre los hombros

domingo, 2 de septiembre de 2007

Still Life


©2005-2007 *philly


Siempre me equivoco, pero él me enseñó a rectificar.

Nos conocimos una noche en un bar, que más da si era laborable o festivo. Sólo recuerdo que me asusté al verlo tan arrollador; me miraba con tanta fuerza que casi sudaba. Me fui a casa convencida de que no volveríamos a encontrarnos, pero con una sensación que distaba mucho de la que me dejaban el resto de los tíos que habían intentado ligar conmigo en una barra.

Tuve que rectificar. Volvimos a vernos al cabo de siete días, en el mismo sitio y a la misma hora. Aquello parecía una cita y puede que lo fuese. Me relajé y borré la tensión de sus ojos. Desde entonces, nos vimos todas las noches de los tres meses siguientes en aquella barra, mientras de fondo sonaban las canciones que tanto me había costado aprenderme. Pero yo no oía nada, apenas lo recuerdo como si escuchase desde dentro de un vaso. Un vaso donde flotábamos los dos. Hablamos horas y horas, nos conocimos y nos examinamos mutuamente en todo lo que nos importaba: música, cine, vida, gente, política... Pero yo seguía atada por algún resquicio de mis recelos. Era guapo; no, era muy guapo, y cada noche saludaba a un promedio de 5 ó 6 chicas diferentes. Se sabía el nombre de todas. Mala señal, me decía yo: demasiado pasado y demasiado futuro en un chico que quizás no te lleve a ninguna parte, o peor aún; te lleve demasiado lejos pero después no quiera acompañarte a casa.

Sin embargo, tuve que rectificar de nuevo.

No sé cómo fue que una tarde nos encontramos en una plaza iluminada por el sol, sin tanta gente y sin tanto humo. Los dos perdimos el caparazón de noctámbulos ojerosos y el pitido de los oídos, y yo me desligué al fin de mis ataduras. Y entonces empezó el resto de mi vida.

No voy a hablar de sus jerséis, de sus dedos, de su forma de silbar, de cómo dormía -los brazos en cruz sobre la cama, como un ángel derribado- de lo que le molestaba, de lo que le emocionaba. No voy a hablar de cómo mascaba chicle desde que dejó de fumar, de cómo me sumía en un hechizo, narcotizada por el olor y el sabor de la fresa sintética. De cómo, cuando le regañaba por beber cerveza mientras comía chicle, se lo sacaba de la boca y sin perder la sonrisa ni un segundo lo pegaba en la boquilla de mi botella.

Hace dos meses, mi madre cogió el teléfono y escuché cómo poco a poco se le quebraba la voz. Él cruzaba sin mirar, como siempre, y esta vez nadie miró por él: un Vectra rojo lo lanzó por los aires. Tras dilemas médicos y familiares, murió desconectado a los dos días en una cama de hospital, como un ángel derribado. Los daños del accidente le habrían impedido volver a ser apenas una foto de quien fue. Entonces tuve la certeza helada y cortante de que nunca volveríamos a vernos, caía sobre mí como un témpano de hielo. La angustia me despertaba cada noche; sentía pánico pero no podía gritar. Pensé que me iba a olvidar incluso de respirar. Mis padres me llevaron a un psicólogo.

Anoche salí con mis amigos por primera vez en mucho tiempo. Me llevaron -seguramente en un descuido- al bar donde le vi por primera vez. Decidí salir a pelear yo sola con la tormenta y me ofrecí para acercarme a la barra a por la bebida. O lo lograba o nunca me curaría, y enfermar para siempre con 22 años es una tragedia. Sabía que no volvería a verlo. Así que pedí las copas de mis amigos y una cerveza para mí. El camarero lo dispuso todo diligentemente ante mí en la barra y me gritó el importe entre los compases de alguna de las canciones de nuestro vaso de cristal. Bajé la vista para sacar el dinero del bolso y, cuando la levanté, vi que había un chicle pegado en la boquilla de mi botella.

Y tuve que volver a rectificar.


"La vida son dos días, y la mitad llueve"

domingo, 26 de agosto de 2007

lunes, 13 de agosto de 2007

Las pelirrojas traen mala suerte

Era un invierno con abrigo de paño
y las manos en los bolsillos
Era invierno en mis pies
y los metía en tus zapatos
Podía quedarme dormida
viendo la lluvia en el patio

Así que era un invierno inundado
y nosotros nos queríamos
Nos mirábamos en los charcos
como patos mareados
Y descubríamos nuestro reflejo
en las pupilas del amado

Era también invierno en el café posado
Yo esperaba paciente
que me dieses el primer trago
Quería beberlo de tu boca,
que lo calentases en tus manos
Quería vivir por siempre
refugiada en tus zapatos

Era invierno
Madrid aún me dejaba ser feliz
y ocultaba su melena roja
bajo aquella tonta boina gris
Todavía no jugaba contigo a ponerme celosa
Aún no te mandaba ramos de flores rojas

Se acabó el día que os vi paseando a solas
La boina estaba en el suelo, entre pétalos de rosas

Tu invierno siempre enfriaba
mis instintos asesinos
pero ya no me divierto
si no es aplastando grillos,
si no arranco la hierba,
si no asusto a algún niño

Porque invierno no era
y no es más que contigo
Y ahora el resto del año
me parece una farsa
Me escribiste en un libro
y me convertiste en fantasma



©2005-2007 ~Nymphadora79

martes, 7 de agosto de 2007

Mierda...


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Then I saw you turning at the end of the street...

La última vez que me cogiste de la mano
las calles parecían de mentira
La ciudad no era más que un decorado
que se terminaba en cada esquina
Desperté hoy con la espalda adoquinada
y pensé que todo fue una pesadilla

Desperté con la espalda adoquinada
-mierda, se me olvidó que hoy era el día-
y salgo a la calle corriendo,
por si aún no ha pasado el tranvía
Por si aún alcanzo a ver tu cuello
y sus cuerdas que se afinan

Y salgo a la calle corrriendo
and then I saw you...
Estaban vacías mis aceras,
eran como corrientes de agua lisa,
pero conseguí ver tus puntadas
cosiendo destellos en la avenida

"Despierta; mírame ahora, mira"
Se estrellan en vano mis oraciones
contra tu cuello y sus cuerdas que se estiran
Los zapatos en el suelo, en posición de bailarina
Mírame antes de que sea tarde,
el tranvía ya está en la esquina

Desperté con la espalda adoquinada
De nuevo olvidé que hoy era el día

jueves, 2 de agosto de 2007

Canción envenenada para Irlanda


©2005-2007 *Justapain


Irlanda,
no disimules, que se te nota;
te manejas como nadie
cuando la distancia es corta.
Olvídalo, quedará entre tú y yo;
ellos aplauden embelesados
tus mohines de muñeca rota.

Irlanda,
déjate las uñas largas,
que yo vea qué hiciste anoche.
Sé que tu falsa dulzura
se vuelve agria a las doce.
Irlanda, eres bella y tirana,
como un país del Norte.

No llores más, Irlanda,
tu gato azul ya duerme bajo la hierba.
Irlanda,
¿no decías que te aburres como una vieja?
¿Dónde está ahora la azada grande?
Ponte a buscarla; niña, deja de hacer calceta,
que ya no está en su sitio la pesada azada negra.

Irlanda de miradas veladas,
Irlanda de párpados muertos;
no me dan envidia tus vestidos polvorientos,
ni tus puestas de largo, ni tu séquito de espectros.
Irlanda,
yo que tú mantendría hoy los ojos bien abiertos,
que tengo ganas de robar la cinta blanca de tu pelo.

"No te imaginas lo leve que es el toque de su piel"
"No te imaginas mi cuerpo, enredado en el de él"
Te equivocabas, Irlanda.
No lo imagino.
Lo sé.
Por eso un ángel de piedra te tiene atrapada en su red,
donde tu madre te deja flores frescas a las diez.

Corre ahora si puedes,
corre, Irlanda, niña mala;
y grítale a mamá para que no te dé la espalda.
Ella ya no te oye, ¿puedes oírte tú?
¿Sientes ahora su piel, Irlanda?
Qué triste es la penumbra para las niñas mimadas;
la cola azul de un gato asoma bajo tu falda.

miércoles, 25 de julio de 2007

Emboscada

Al principio apenas nos saludamos:
dos besos en las mejillas,
dejo las maletas junto al tren
y noto sus ojos de soslayo,
resbalando por el andén.

La encontré aquella misma noche,
pensé que por casualidad,
descalza por la avenida
a la hora en que la ciudad
desinfecta sus heridas.

"¿Me has echado de menos?",
pregunta la brisa del puerto.
Se vuelve el aire azul y violento,
y entonces lo sé, estoy atrapada.
"No sabes cuánto", le digo.
Me ha tendido una emboscada:
ya huyen los gatos a su escondrijo.

Estoy temblando porque lo sé,
hoy no me salva ni la Luna.
Fue ella quien me echó de menos
y ha sembrado de veneno
todos los cubos de basura.

Intento negociar con ella,
pero ya es hora de pelear:
ha soltado su melena,
que ondea furiosa en la playa;
se recoge la falda, gitana,
quiere bañarse en el mar.

"Ven,
ven aquí y sabrás lo que es bueno"
...
Ya laten, blancas, mis banderas en los tendederos.

Una noche más, me duermo abrazada
a este pulmón de la ciudad.

Fotografía: Barcelona 1, Jameson

sábado, 14 de julio de 2007

De tantos recuerdos (bla bla bla)


Tengo recuerdos
de arena y clorofila,
de las olas tumbándome,
de la sal en mis heridas;
del sonido de tus pies
sobre el borde de la piscina

Tengo recuerdos naranjas
de las ocho de la tarde
que se acuerdan del recuerdo
de ni poder mirarte
Que saben que ya queda poco
por lo que pueda preocuparme

Tengo recuerdos encendidos:
la Luna confabulada con los pinos,
el Sol poniéndose en tu flequillo;
tú, tan rabiosamente guapo,
peinándote con mi cepillo

Tengo recuerdos ridículos,
como la rima de esta poesía;
tengo recuerdos-crepúsculos
que incendian todas las piscinas.
Sé que tengo recuerdos-obstáculos
y que tengo recuerdos-puertas
Pero ahora sólo recuerdo que la playa daba vueltas

Y el sonido de tus pies,
descalzos sobre la arena

lunes, 9 de julio de 2007

Te estaré mirando desde fuera


Hoy he caminado por tu barrio
sin pisar las aceras,
por el centro de la calzada,
esperaba que me vieras;
línea recta hacia el tráfico,
melosa suicida
pintando las líneas de la carretera.

Te busqué en tu ventana,
ya me han dicho que no estás,
que ahora te diviertes con otros;
no sé si nuevos o mejores,
no sé si te quieren o no;
sólo sé que no son como yo.

Mentiría si dijera que no te echo de menos
Mentiría si no buscara tu espalda en mi espejo
Pero se me escapa la risa.
Es que eres gracioso:
las manos en los bolsillos,
los ojos en el vacío
"Psss,
yo a ésa ni la conozco"
Reconócelo,
es divertido

Unos se dan a la coca,
otros se dan a la tragedia;
a lo mejor tú te has dado al pesimismo,
pero yo sigo quemando la esperanza.
La mía, la tuya, la nuestra.

Y no barro las cenizas.

No lo olvides, seré siempre el bastón de tus recuerdos. Te estoy mirando desde fuera.

jueves, 21 de junio de 2007

Impaciencia



Yo te miré con los ojos verdes del campo
en un cuarto azul de puertas cerradas,
en una pradera de puertas abiertas;
y poco a poco se posó el otoño
sobre las cenizas de la primavera

Y se vino abajo la tormenta,
llenó de selva las aceras;
la gente corría hacia sus casas
porque yo te estaba mirando
y se inundaban de noche las goteras

Ahora escribo esta canción,
sin importarme lo que entiendan,
porque mis paredes azules
quieren pintarse de cielo
y necesitan ventanas abiertas.

Y yo te miraré con los ojos azules de lluvia
hasta que se empape
-y renazca-
la primavera.


Fotografía: Green, Muratki

martes, 19 de junio de 2007

La periferia es otra ciudad





En los ojos,
mil historias encendidas de descampados de Madrid,
llenas de atardeceres en un coche,
de ver la ciudad desde fuera,
y volver a casa cuando ya se ha ido el Sol;
entrar deprisa en su cuarto,
guardar en el armario su olor
-el de él y el de ella-
su madre la saluda, pero ella ya ha cerrado la puerta.


Y volver mañana, y al día siguiente:
el Sol nunca se pone igual
sobre las antenas.
Aunque la magia se evapore con los días,
aún busca la niña que fue
entre las líneas de la carretera

Y la vida así es una continua periferia,
de trenes y autobuses que parten de las afueras,
que las bordean;
de nunca alcanzar el centro de la ciudad,
ni el centro mismo de las cosas;
sólo dar vueltas y vueltas
por mil descampados que atardecen al son de los años.
Vueltas y vueltas
por la periferia.

“Cuando ya está todo dicho,
¿dónde me llevo las maletas?”
Con la música a otra parte,
que si no, eres mujer muerta.
Las flores crecen solas y sordas
–ten cuidado, no las pises-
aquí, en los descampados de la periferia.




Fotografía: Today in Ankara City, Salihguler




miércoles, 6 de junio de 2007

El examen me ha salido mal, gracias

Junio, joven e inexperto,
se sienta en un bar al caer la tarde
Mayo le ha estado esperando
y tiene los ojos llenos de café posado
Está cansado

Junio saluda
Mayo no responde
Se sujeta la cabeza con las manos

"Ay, Junio:
tarde o temprano,
¿por qué nunca llegas a tiempo?"

El bar ya está cerrando
y Junio se enciende un cigarro
Se ha hecho mayor de repente

Fotografía: era tan guapa que tenía que ponerla...

martes, 5 de junio de 2007

Nudos


La vida dio mil vueltas hasta enredar los destinos de los dos idiotas
tan anudados ahora que se les han enganchado los dedos
"¿Dónde te volviste luz, en qué parte exacta del camino?"
le pregunta él casi enfadado a ella, que se mira incrédula en el espejo
Se gira
"Yo siempre quise subirme a un escenario
para cantar una canción contigo
¿En alguna parte del camino te diste cuenta?"

Se calza los zapatos, abre la puerta y se larga
y deja los piropos tirados por el suelo

Yo, desde mi ventana, los veo marchar a ambos
una en el ascensor, y el otro tirado en la cama
y me pregunto en voz alta
¿dónde aprendí a ver esto bello?
En el camino, pero, ¿en qué parte exacta?

Fotografía: Where I end and you, Complejo

sábado, 2 de junio de 2007

A una chica desnuda

Entré en el vagón, me senté y mis ojos cayeron de bruces sobre ella.

El destino, al sentarme frente a ella, me enseñó a quererla. Tenía una espiral dibujada en el centro de los labios y los ojos perdidos, tumbados quietos bajo las cejas, que de vez en cuando eran sacudidas por una ola suave, de ésas que balancean los barcos en las bahías. La empecé a mirar a escondidas, después con algo más de descaro y, en las últimas estaciones, sin el más mínimo respeto, dejando caer mi periódico sobre las piernas, a la espera de que reparase en mi presencia desde allá donde quiera que estuviese. Todo el vagón me miraba mirarla, en un juego de voyeurs que me complacía y me hacía sentir mal a partes iguales.

Ese espacio compartido por nosotros dos me enseñó a quererla, como digo: descubrí sus lunares; las esquinas de su pecho, que dice Ferreiro; el compás de sus respiraciones; la v que juntaba sus muslos; adiviné sus pantorillas tras la falda y juraría que un dedo se movió debajo de sus playeras. Yo seguía esperando a que me devolviese la mirada desde su espejo girado, pero llegué a mi parada y las puertas se abrieron.

La dejé desnuda sobre mi cama y me bajé del tren colorado como un tomate.

La hora de los valientes

Se detuvo en medio del proceso de cepillar los dientes para observarse en el espejo con la boca llena de espuma. Consiguió olvidar tales circunstancias y ver más allá de su reflejo. Rememoró entonces las últimas tardes con él. Había evitado por todos los medios el contacto físico -no tanto por miedo como por tentación- y, sin embargo era algo que no lograba apartar de su cabeza.

Recordó su olor, el calor que desprendían todos y cada uno de sus movimientos,y comenzó a imaginar. Cuando lo hacía, era imposible detenerla. Imaginó sus manos en su cintura, el petróleo de sus ojos, el abismo impenetrable de su pelo, el horizonte desde sus hombros; todo sintetizado perfectamente en una silueta única hecha de ellos dos. Y se imaginó arriesgando: dando vueltas y vueltas, el eco sordo de la música, la inseguridad de la primera vez, el zumbido en los oídos, el calor... quizás alguna gota de sudor en su frente o en su pecho. Se agarraría fuerte a él hasta que todo terminase y entonces cerraría los ojos con fuerza, para dejar escapar el gemido sólo a través de las pestañas. "Estás temblando... ¿te encuentras bien?"

Tras ponerse en lo peor y evaluar posibles daños y beneficios, se decidió. Bajó a una tienda del centro y allí se compró unos zapatos rojos de pulsera: uno plano y otro de tacón. Estaba hecho: iba a olvidarse de la polio y esa misma noche lo invitaría a bailar.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Siempre nos quedará Madrid

Había pasado mucho tiempo, quizá una década, desde la última vez. Se había enfriado el amor y también el desamor, y consiguieron que aquel encuentro funcionase de forma cordial, casi como entre dos compañeros de oficina que coinciden en la playa durante las vacaciones. Ella lucía un embarazo avanzado de padre huido y él, gesto de escéptico satisfecho de su condición. Se pararon en un semáforo del centro.

- Madre mía, no esperaba verte así.

Era verano y ella, enfundada en un vestido que la hacía parecer aún más preñada, lamía un helado con verdadera devoción.

- ¿Pero es que esperabas verme?

Allí siguieron, sorprendiéndose mutuamente durante cinco minutos. Tras descubrir que caminaban en la misma dirección, avanzaron juntos algunos metros de la acera, hablando de terceras personas y asuntos tangentes a ellos, hasta que se produjo otro encuentro. Una amiga de ella, a la que no veía desde que terminaron la escuela, se dio de bruces con los dos. Se abrazaron, rieron nerviosas, se pusieron coloradas; se dijeron más cosas con los ojos que con la boca, y dejaron demasiadas frases sin acabar. La amiga se marchó con prisa, como siempre, y la extraña pareja siguió paseando hasta que sus direcciones dejaron de ser compatibles. Quedaron en llamarse sin darse los teléfonos y se mostraron contentos de haberse visto. Lo último sí era verdad. Aquella misma tarde, la amiga llamó a otras conocidas para comunicarles la feliz noticia: había visto a A y B juntos por la calle y estaban esperando un hijo.

Felices desencuentros.

Aquel camino

Eras capaz de encerrar en una sola frase, incluso en la más vacía y plana, todo el misterio del mundo. Caminabas entre la basura, con los ojos algo entornados, oteando un horizonte imaginario entre los sucios ladrillos. Yo los perseguía -perseguía a tus ojos- como si fuesen gorriones, hasta que los veía detenerse en la barandilla de algún balcón. "Mira, ahí vivía yo antes", decías señalando una casa que, con el simple impulso de tu dedo, se volvía encantada. Me quedaba atribulada, como si aquello fuera un potente enigma, como si en vez de palabras fueran pirámides egipcias. Y ya invertía el resto de la tarde en perderme por sus laberintos.



Créeme, hubo días en los que te habría seguido hasta el fin del mundo.