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martes, 25 de septiembre de 2007

El yeso nunca se seca del todo

Hoy me sorprendió el otoño
De nuevo, la tele de fondo
Emprendí el regreso
al camino de mi retorno,
Al país de los rescoldos
que se entierran en el yeso

En el yeso de los muros
hay una herida que me corrompe
Hay un lugar que me corresponde
donde terminan las carreras
Donde desembocan las aceras
que hablan en nuestro nombre

Se terminó la primavera
y yo aquí, sin darme cuenta
En mi taza ya se aposenta
el rescoldo del otoño
El dolor es mi retoño
y me llora por las noches

Y qué alternativa me queda
si no es acunarlo en mis brazos
mientras en la calle, abajo,
derrapa un coche hasta la acera
Será como yo, otro borracho
al que abandonó la primavera




Sexy Sadie & Iván Ferreiro - Always drunk

"Go! And kiss me, love,
and send me the wish,
the letter to read
that you are not gone
But don't sell your soul,
'cause it's not yours
Is not yours the breeze,
the air on the trees
from we were breathing, please

I don't need to say it,
but I'm always drunk
of the things we said
when we were playing in the park

Don't believe my world
The dirt and the sleeze,
the lies on the streets
of everyone's dreams
Go and kiss me, love... kiss me, babe
You can either accept me
or take away this pain
of being slaves

'Cause you are the best, I think of you

I don't need to say it,
but I'm always drunk
of the things we said
when we were playing in the park
And I don't have an answer
about my second name
I don't have the strength
to say I'm sinking in the pain

I don't need to say it
but I'm always drunk
of the things we said
when we were playing in the park
I am always drunk"

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Raquel está enfadada


©2006-2007 ~FoggyBlue


El autobús de las 14:15 viene lleno de niñatos de uniforme. La paz de julio y agosto se evaporó con la vuelta al cole. Todos acaban de salir de clase, y sus estómagos rugen de hambre. Los hay altísimos, los hay que aún no han dado el estirón, planas, pechugonas, coletas, trenzas, crestas; polo blanco y pantalón azul marino, ellas con falda y calcetines. Detrás de mí hay tres chavales de 13 ó 14 años que varían de la barba al tamaño llavero y se revuelven como macacos en el asiento cada vez que sube una chica guapa.
- ¡Bufff! - grita el más bajito
- Venga, que tampoco es para tanto - le apacigua el de la barba
- Me dirás que no...


Delante, sola y taciturna, viaja otra chica de uniforme. Quizás vaya a su mismo curso, quizás sea de su edad, pero parece más mayor que los macacos. Y no sólo porque va callada y tranquila: es algo que transpira a través de sus poros, una especie de conciencia trágica. Lleva el pelo corto y las piernas largas, de una medida inusual en su edad, y se recuesta sobre la ventana con el ceño fruncido y el puño bajo la barbilla. Da la impresión de estar a kilómetros de nosotros.
- ¡Raquel, Raquel! - grita uno de los macacos. Todos se revuelven nerviosos y rientes - ¡Raquel, que dice "éste" que te vengas a sentar con nosotros!
Raquel se gira y los mira sin decir nada, con ojos de oficinista. Los macacos se quedan helados. Tardan unos minutos en recuperar las risotadas.

Raquel está en esa edad en la que estás enfadada pero no eres capaz de identificar el motivo exacto: la lana del uniforme, los tirones en el pelo, el traqueteo del autobús, el final del verano... puede ser una mezcla de todo lo anterior o algo radicalmente distinto. Da igual; si le preguntan, responderá con un bufido. Su pie se balancea, indiferente, al ritmo de la carretera.


El autobús entra en otro barrio y se detiene junto a una boca de metro. Los tres macacos se despiden de Raquel antes de bajar, casi sin mirarla:
- Hasta luego...
- ¿Qué queríais antes? - pregunta ella
Ellos ya han salido y corren hacia su portal.
- ¡Eh, vosotros! ¡Que qué queríais! - insiste Raquel mientras se cierran las puertas


Cuando llegamos a la última parada, dejo pasar a Raquel para que salga la primera. Bastante enfadada está ya, no quiero hacerle esperar. Veo que tiene los gemelos anchos. Cruza en rojo, ignorando el bramido de los motores, y echa a correr hacia la estación de tren. Todavía le queda rato para llegar a casa.


Pasará tiempo hasta que algún chico invite a Raquel a salir. Da miedo, aún está demasiado enfadada: no quería crecer.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Ida y vuelta


©2006-2007 ~ElectronCloud

Algún día será verano,
algún día hará veinte años
y aún quemaré tus rastrojos
Algún día saldré a buscarte
y me caerá, cano,
el pelo sobre los hombros

Me alistaré en la guerra,
en el bando de tus ojos
¿Crees que seré la primera?
Algún día saldré a buscarte
y la ciudad estará llena de escombros

Algún día saldré a esperarte
a la esquina de esta calle
y se cruzarán mis dos espectros:
el de la ida y el del regreso.
Pelo cano y pelo negro

Y me caerá, como un manto,
la ciudad sobre los hombros

jueves, 6 de septiembre de 2007

Querido diario

Las semanas pasan perezosas, como persianas atrancadas. Tengo que tirar de ellas con fuerza para desenroscarlas, pero algunos días no me apetece. Quizás hoy sea uno de ellos.


Hoy salgo a la calle con desgana. El autobús avanza lento, eternizado por el todavía más lento camión de la basura que lo precede. No me importa, no tengo prisa por llegar. Invierto mi única energía en observar a los demás. La chica que tengo delante tiene el pelo rubio y largo, con tirabuzones ligeros. Tengo la sensación de que su pelo pesará menos que el mío y me da un poco de envidia. Casi sin darme cuenta de lo que hago, toco la punta de uno de sus rizos. Un escalofrío recorre su espalda de inmediato y se atusa el pelo como si se estuviese sacudiendo insectos. Prefiero no pensar.

Otra mujer, también rubia, va sentada a mi derecha. Tiene el pelo más corto y liso, eso que llaman melenita francesa. Está inclinada hacia delante y le cubre el único lado de la cara que podría verle. Es muy delgada. Me recuerda a mi tía. De pronto pienso que podría ser mi tía, de la que sé que está atravesando malos momentos por culpa de una ruptura. Pero no sé quién es. Joder, la tengo sentada al lado y no sé si es mi tía. Qué frías son las ciudades. Tengo ganas de apartarle el pelo con cariño para verle la cara, pero caigo en la cuenta de que se ha quedado dormida.

Entonces levanto la vista y reparo en que ya estamos en una de las últimas paradas. Hemos avanzado más de lo que yo creía. Es una colina o lo que queda de ella, invadida por bloques de pisos de estética franquista y aún virgen en algunas zonas, donde los descampados se abren como fulanas a la ciudad que está creciendo. A lo lejos, más bloques, torres de tensión y antenas, muchas antenas. Y de repente me doy cuenta de que todos los que podemos ser divisados desde esta colina pasamos las mismas enfermedades -el amor, el desamor, los celos, la soledad, la ausencia- pero la mayoría no necesitan escribirlo en ninguna parte. Simplemente lo pasan, suben al autobús y se bajan. Y entonces se me quitan las ganas de escribir, pienso en dejarlo. Pero es lo primero que hago cuando llego al trabajo.

Tengo que dejarlo, acaba de llegar mi jefe.