¿Alguien se acuerda del neón que adornaba, no hace tantos años, la azotea de uno de los edificios de la glorieta de Neptuno, en Madrid? Decía eso, "La Sud América", y a mí, más que a compañía de seguros, me sonaba a algo tan exótico y tan señorial que seguro que ya se había extinguido en el tiempo. La Sud América, sobre el cielo naranja y violeta de Madrid, hablaba de gabardinas que no se arrugan y del aroma intenso del café sin moler con la eficacia de una postal antigua; de minas relindas, de mucha plata, de ceviche, de coca, de mate, de colectivos y de subtes... Y hoy descubro que la Sud América puede dejar de ser una quimera, y que, si tiro los dados con un poco de puntería y la suerte no me falla, el año que viene podré mover ficha casi casi a la casilla que quiera de un continente con el que llevo soñando desde que Tintín encontró el fetiche de la oreja rota.
¿Dónde os iríais vosotros?