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martes, 19 de agosto de 2008

La playa de Madrid

Facebook y el amor
19/08/2008 Eduardo Verdú - EL PAÍS


No es ningún secreto: los madrileños estamos enamorados del mar. Los lugareños de las poblaciones costeras y los controladores de las cabinas de peaje de la R-4 se quedan estupefactos cada año ante el masivo e irresistible embrujo que ejerce la playa sobre los habitantes de esta meseta estratégicamente alejada de las costas.

Pero también seguimos enamorados de un amor de verano, de una chica o un chico al que quisimos con toda la verdad hueca de la adolescencia, al que aún recordamos saliendo del agua barnizado de luz, con los ojos entornados mirando a poniente. Para un madrileño, un idilio con escenario costero es la experiencia romántica más inolvidable.

Muchos volvemos cada año a la playa donde besamos a una chica por primera vez, regresamos a ese pueblo que va cambiando verano tras verano. Han cerrado el cine frente al que nos conocimos, han traspasado la heladería que amenizaba las tardes de cortejo; el bar de las promesas eternas es una ciberhorchatería. Ese amor duerme en el recuerdo durante el invierno hasta que nuestra visita estival a los lugares donde transitamos juntos hace quince o veinte años lo resucita. Éste es el ciclo de vida de esas memorias, pero ¿dónde están hoy realmente esas personas?

Hasta hace poco, el pasado quedaba a nuestras espaldas como una bruma en progresiva evaporación. Sin embargo, ahora las nuevas tecnologías lo congelan íntegramente igual que un cuerpo criogenizado. Las cámaras digitales o los móviles captan en instantáneas o vídeos cualquier momento mínimamente reseñable. Los individuos, los paisajes, los nombres que hemos olvidado pueden rescatarse de Internet donde el mundo entero vuelca sus recuerdos, sus vivencias, sus sensaciones y sus pronósticos siempre coincidentes.

Pero gracias a la informática no sólo convivimos con la memoria, sino que podemos reencontrarnos con el ayer desvanecido. Facebook, el súper registro social en Internet, además de contactarnos con la gente de nuestro entorno actual nos permite recuperar personas del pasado. Con decenas de millones de usuarios registrados, basta saber los apellidos o la escuela donde estudió alguien para descubrir que también posee una página con su e-mail, su estado civil y... sus fotos.

En Facebook están esos amores de verano y otros de ciudad o de campo (depende de lo que uno haya viajado física y sentimentalmente). Podemos ver sus fotos del presente abrazando a gente que no conocemos, a nuestras ex tumbadas en sofás donde nunca nos sentamos, acariciando a perros que jamás nos mordieron cuando las fuimos a recoger peinados a raya y con un polo limpio después de la siesta. Aquellas chicas a las que creímos querer tanto aparecen hoy con ropas insólitas cubriendo unos cuerpos distintos de aquellos de luz saliendo del agua, mirando a la cámara con un gesto ausente, con unos ojos en los que ya no estamos. Entre sus nuevas caras se adivina a la niña por la que lloramos en el espigón, a aquella que nos escribió cartas de papel que, un día, no recordamos por qué, dejamos de contestar.

Internet parecía un invento del presente, del futuro, una conexión silenciosa de fibra óptica y, sin embargo, es también un melancólico retrovisor. ¿Habría sido mejor no volver a ver a esas personas? ¿no actualizar sus imágenes? ¿no profanar sus recuerdos? ¿Por qué nos sentimos de repente tan nostálgicos por una pérdida tan antigua y cicatrizada? Tras un rato frente a la pantalla del ordenador, uno entiende que en realidad no es el verano ni el mar, ni siquiera a aquella chica lo que sigue añorando. Es a sí mismo joven, moreno y fatalmente enamorado.

lunes, 16 de junio de 2008

El color que quiero


Nos habían traído a un dibujante a clase. No sé si habría ilustrado muchos cuentos infantiles, pero se notaba a la legua que los niños no le caíamos nada bien. Debía de estar harto de preguntas que apestaban a lógica infantil, rezumantes de los patrones de Disney y el manga de la tele. Nos miraba con desconfianza:
- No toq... no os acerquéis tanto a la mesa, por favor
Se debatía entre la buena educación y el ataque a la defensiva gratuito. Sacó sus colores y se dispuso a dibujar. Nosotros, encogidos en nuestros babis, tragamos saliva como si hubiera desenfundado un arma. Al final, para estupefacción general y antes de que nadie hubiera hecho aún ninguna pregunta, nos espetó:
- Y para el que me pregunte que por qué estoy pintando el cielo de rosa, que sepa que lo hago así porque me da la gana, ¿vale? Como si lo quiero pintar marrón.

Vale, vale.

miércoles, 11 de junio de 2008

Perder el aura

"He oído decir o he leído que el único recuerdo puro es la primera vez que se evoca algo, y que después, cada vez que se recuerda lo que se recuerda, es el recuerdo inmediato anterior; de manera que con cada recordar nos vamos alejando cada vez más de la imagen verdadera del suceso originalmente guardada por nuestra memoria, hasta que al final lo que recordamos es una especie de fotocopia muy gastada y muy retocada"

Los secretos de Romina Lucas, Ercole Lissardi

Me alegra saberlo porque, a veces, recordar me hacía tanto bien o tanto mal que me sentía bajo los efectos de una droga y me tenía que echar a dormir para dejar pasar el síndrome de abstinencia.