domingo, 8 de julio de 2007

Fake plastic trees


Lo primero que me llamó la atención de esta casa fue el techo. Todas las habitaciones tienen un falso techo de escayola que es tan falso como su propio nombre indica, pero que consigue darle un toque muy señorial, algo así como de quiero-y-no-puedo. Mis amigas se habían mudado con sus familias de forma escalonada y progresiva a casas mejores, barrios mejores, y todos los nuevos pisos coincidían en un detalle: la escayola. “Tiene que significar algo”, se decía mi linda cabecita de nínfula. Así era yo: llegaba a una casa extraña, a lo que los orientadores de los institutos suelen conocer como “hogar deshecho”, dos manzanas más cerca de la clase baja y más lejos del metro, y me ilusionaba ver el falso techo de escayola. Supongo que formaría parte del encanto de la inmadurez.

Parece mentira, pero ya han pasado ocho años. El hogar deshecho se ha reconstruido en una especie de unidad familiar dispersa pero que se da la mano en los momentos chungos. Y el falso techo de escayola sigue ahí. Yo aún lo miro cuando no me puedo dormir, y aún me sigue gustando tanto. Él también me mira y, a pesar de ser una línea recta que nunca va a ninguna parte, me ha seguido a lo largo de todo estos años desde su altura recortada y sus desconchones.

¿Quién dice qué es falso y qué es de verdad? ¿Por qué negarle la autenticidad a lo que nos acompaña y se convierte en un símbolo de poder volver a alguna parte? Quién sabe. Quizás todos los sofás de imitación de piel, las flores de plástico y los falsos techos de escayola que llenan los pisos vacíos de la memoria no son tan falsos.

1 comentario:

La Serena dijo...

Me ha encantado esta entrada. No sé por qué, creo que en parte me siento identificada con lo que cuentas. Sin darle importancia, resulta que siempre hay algo que nos ha acompañado, y que se convierte en un síombolo. Qué más da que sea falso o auténtico. Lo que importa es que signifique algo.