miércoles, 27 de junio de 2007

El equilibrio



El loco llegó a la parada de autobús y se puso a la cola, como uno más. La clásica uniformidad de las 9 de la mañana, que sólo fue capaz de mantener unos segundos. Enseguida empezó a resoplar, a subirse la camiseta y a enseñar su barriga peluda y caída a todos los integrantes de la fila. Las señoras que lo seguían en la cola se alejaron sin disimulo alguno y con cara de asco. El autobús apareció tarde, como siempre, y las hormiguitas se dispusieron en procesión tensa y ordenada mientras se acercaban a la puerta. Cuando ésta se abrió, el loco se llevó las manos a la cabeza en medio de un aspaviento muy brusco y gritó:
- ¡Ay, no, éste no me lleva!
Salió corriendo de la fila, empujando a varias de las señoras que antes se habían apartado de él.


El conductor, que escuchaba en la radio éxitos electrónicos y horteras a partes iguales, esperó a arrancar hasta la hora de salida del siguiente autobús, para redondear más aún el significado de la palabra tarde y, tras un par de miradas macarras al pasaje, cerró las puertas. Justo en el momento en el que el aire casi dejaba de circular entre ellas, el loco volvió a aparecer de la nada y se estampó contra el cristal. El conductor abrió la puerta con la boca torcida al herido, como una especie de indulto divino. El loco introdujo cuatro veces seguidas su billete en la expendedora con el mismo resultado: un pitido de desaprobación. El conductor le pidió examinarlo y lo observó con gesto de experto durante medio minuto para arrojar una conclusión casi científica:
- Esto está caducado.


Pese a todo, se sacó otro indulto de la manga y permitió que el loco se sentase en uno de los primeros asientos, mientras el autobús se dirigía hacia la carretera. El loco permaneció todo el viaje revolviéndose en su sitio, mordiéndose las uñas, metiéndose la mano por debajo de los pantalones sin ningún tipo de reparo y gimoteando con una voz muy grave, parecida a la de una vaca. A mitad de trayecto, una chica se sentó a su lado e intentó, a duras penas, mantener la atención en el libro que leía. Cuando el autobús hizo su primera parada en la urbanización, el loco pegó un grito -casi de dolor- al cerrarse las puertas:
- ¡Esta era la mía!
Se levantó como un huracán para dirigirse a la puerta de salida. Su compañera de asiento resistió el envite agarrándose al libro como a un salvavidas. En la siguiente parada el loco se bajó y echó a andar, moviendo los hombros como si los recorrieran escalofríos y haciendo pedorretas con la boca. El conductor detuvo el autobús unos instantes, mientras lo seguía con la mirada.
- Era un poco raro, ¿no?- le dijo a la chica del libro.
Ella se encogió de hombros.


Todos somos un equilibrio misterioso, normalmente aleatorio, de risa, sexo, llanto, placer, dolor, dulzura y maldad. Nadie sabe quién ha moldeado sus piezas del puzzle y simplemente confía en que encajen, pero a veces el cartón se hincha o se rompe, y la simetría desaparece. Lo que llamamos locura no es más que el equilibrio que los demás conservamos -puramente por azar- volcado y esparcido sobre un inmenso tablero de parchís. De niños jugamos al parchís y al puzzle en las tardes de los domingos lluviosos, y de adultos saltamos en ese tablero, pasando de puntillas junto a los charcos donde se derramó el equilibrio de los demás para no salpicarnos, porque el cartón de los puzzles se deforma con la humedad.
[Este texto pertenece a Manuela Astasio y, como tal, ha sido citado en su proyecto final de carrera, La Cura]

Fotografía: Bus, No lies

5 comentarios:

Míguel dijo...

Jooooder, el último párrafo es para enmarcarlo.

Me has dejado con la boca abierta, la verdad es que muchas veces nos limitamos a ignorar o despreciar a personas que simplemente tuvieron mala suerte en algun momento de su desarrollo.

Cada cosa nueva que escribes me parece aun mejor que la anterior.

Un besete

La Serena dijo...

Me gustaría escribir algo que quedara tan bien como todo lo que escribes, pero creo que yo nací sin talento.

Simplemente, sublime...

La Serena dijo...

Oye... ¿y si estamos todos locos?

M dijo...

Desde luego, después de estudiar el examen de Derecho yo lo estoy. Como para no estarlo.

Me pregunto si la verdadera tragedia no será no estar loco...

La Serena dijo...

Al menos, dicen que los locos son felices, en su propio mundo...