sábado, 2 de junio de 2007

La hora de los valientes

Se detuvo en medio del proceso de cepillar los dientes para observarse en el espejo con la boca llena de espuma. Consiguió olvidar tales circunstancias y ver más allá de su reflejo. Rememoró entonces las últimas tardes con él. Había evitado por todos los medios el contacto físico -no tanto por miedo como por tentación- y, sin embargo era algo que no lograba apartar de su cabeza.

Recordó su olor, el calor que desprendían todos y cada uno de sus movimientos,y comenzó a imaginar. Cuando lo hacía, era imposible detenerla. Imaginó sus manos en su cintura, el petróleo de sus ojos, el abismo impenetrable de su pelo, el horizonte desde sus hombros; todo sintetizado perfectamente en una silueta única hecha de ellos dos. Y se imaginó arriesgando: dando vueltas y vueltas, el eco sordo de la música, la inseguridad de la primera vez, el zumbido en los oídos, el calor... quizás alguna gota de sudor en su frente o en su pecho. Se agarraría fuerte a él hasta que todo terminase y entonces cerraría los ojos con fuerza, para dejar escapar el gemido sólo a través de las pestañas. "Estás temblando... ¿te encuentras bien?"

Tras ponerse en lo peor y evaluar posibles daños y beneficios, se decidió. Bajó a una tienda del centro y allí se compró unos zapatos rojos de pulsera: uno plano y otro de tacón. Estaba hecho: iba a olvidarse de la polio y esa misma noche lo invitaría a bailar.

1 comentario:

La Serena dijo...

Creo que ya comenté esta entrada en tu anterior blog. No sé por qué, pero me embruja cada vez que vuelvo a leerla. Desprende por cada uno de sus poros una sensibilidad y una belleza acsi mágicas, como si fuera una experiencia verdadera narrada en primera persona.
Creo que puedo afirmar, casi sin ninguna duda, que es mi entrada favorita...